Pasear por el barrio de Alfama es, posiblemente, adentrarse en los orígenes de la capital lisboeta.
El emblemático castillo de San Jorge, sus calles empinadas, adoquinadas y estrechas, sus numerosos "miradouros", templos icónicos como la Catedral o la iglesia de San Antonio (construida, dice la tradición, sobre la casa natal del gran santo portugués), las iglesias de SaoTiago y de Santa Luzia (sede de la Asamblea de la Orden de Malta en Portugal), la fachadas de muchas casas desconchadas y una atmosfera singular y pintoresca, donde el fado parece encontrarse en casa, le dan una personalidad muy diferenciada.
Motivos y argumentos por los cuales esta parte de la ciudad, un popular y entrañable laberinto de callejuelas, es un irresistible reclamo para cuantos viajeros se acercan a Alfama.
Calles y plazas repletas de turistas son, desde hace años, tónica general del paisaje y paisanaje de este barrio. Más aún si nos acercamos en junio, durante la "Festa de Santo Antonio", época (con su culmen en el día 13) donde el aroma a sardinas asadas y el colorido que engalana las calles convierten sus espacios públicos en zonas de convivencia, diversión y baile en el que el visitante es recibido con los brazos abiertos.
Este antiguo barrio de pescadores
tiene como medio de transporte más icónico su famosísimo “elétrico 28” (un
clásico tranvía amarillo de principios del siglo XX con el interior de madera
que es, sin lugar a dudas, una de los recorridos que hay que probar sí o sí en
Lisboa). Posiblemente, el más famoso de la ciudad al recorrer parte del Chiado,
de la Baixa y de Alfama, serpenteando esas estrechas y curvilíneas “ruas”.
Estando en un barrio tan tradicional y haciendo honor al lugar donde nos encontramos, nada como elegir un restaurante de esos que “saben” a tasca, a cantina, a cocina de toda la vida. De los que huelen a platos tradicionales, a Portugal y a Lisboa.
Una tasca a la antigua usanza, donde
la única pretensión es, preservando las tradiciones culinarias, la calidad de
sus ingredientes y su buen cocinado. Un espacio donde el recetario tradicional está
presente y es protagonista.
Siendo así, un buen consejo para
aquellos que disfruten con este tipo de gastronomía es acercarse al restaurante Alpendre,
ubicado muy cerca de la Catedral y del mirador de Santa Luzia. Concretamente,
en Rua Augusto Rosa, número 34.
Perteneciente al grupo Champ (www.grupochamp.pt), propietario también de
otros restaurantes en la ciudad como São Jorge, Peixola, Ferroviário o Ryoshi (para los aficionados a la culinaria nipona),
vamos a saborear lo mejor de esa culinaria portuguesa en un entorno agradable, cálido y
muy típico de Alfama en el que se da prioridad a lo auténtico sobre la innovación o la vanguardia.
Un grupo empresarial portugués, conviene recordarlos, que tiene como objetivo básico crear espacios gastronómicos únicos muy vinculados a Lisboa. Lugares en los que comer, disfrutar y compartir buenos momentos.
En Alpendre hallaremos platos generosos y bien
presentados, en un ambiente casi familiar, donde una gran barra al fondo del
local hace de separación entre las mesas y la cocina.
Pasteles de bacalao, croquetas de carne de costilla de cerdo, un plato de guisantes con huevos escalfados, unas sardinas asadas, arroz de marisco o un espectacular “pulpo ‘a lagareiro” (con sus características "batatas à murro") son algunas de sus propuestas.
Tradición en la mesa en dosis abundantes para disfrute de los comensales.
Como "una imagen vale más que mil palabras", déjenme que vaya acompañando estas líneas
con algunas de los platos que tuvimos la suerte de probar.
Unos fogones que te reencuentran
con el pasado y parte de la esencia de la culinaria portuguesa, priorizando la calidad del producto, en un ambiente acogedor y muy luminoso.
Al frente de esta cocina se encuentra su chef Hugo Brito quien, con una ya dilatada carrera a sus espaldas en diferentes restaurantes, sabe ensalzar y poner en valor la cocina tradicional portuguesa. Eso sí, dejando su toque personal en estas elaboraciones.
Estamos en un espacio gastronómico en el que se respira autenticidad, donde igual puedes probar un sopa de legumbres que un “prego da vazia no pão” o un cocido a la portuguesa.
Siempre con la premisa de un atento servicio y, naturalmente, si así lo desea el comensal, acompañado por buenos vinos portugueses.
Por citar un ejemplo de la huella que Hugo deja como marca de identidad en sus platos, les recomiendo que pidan el "bacalhau à brás". Una típica y popular forma de preparar este pescado, de las centenares que hay en el país, en el que descubriremos una sorprendente propuesta al llevar dos texturas diferentes de patatas.
Otro ejemplo es su versión del típico "frango al piri piri" donde, tras una cocción inicial del pollo, se fríe posteriormente para que la agradable suavidad interior contraste con el crujiente de su exterior. Se acompaña de unas patatas chic caseras y unos encurtidos de la casa.
Como postre, sabedor Hugo mientras charlábamos de mi afición por el dulce, me aconsejó el flan casero de la casa.
Ante semejante proposición, la única respuesta que este goloso bloguero podía dar era un inequívoco sí.
Puedo aseguraros que es uno de los mejores que he probado. Con notas florales anaranjadas y un pequeño caramelo circular algo camuflado que lo cubre, destacaba por su suavidad y cremosidad. Sin duda, una acertada de recomendación.
El resumen de mi "almorço" en Alpendre es claro: me ha gustado mucho. Ha sido una agradable e inesperada sorpresa culinaria.
Para finalizar, indicar que, leyendo diferentes opiniones de comensales que han pasado por este restaurante, me quedo con una de ellas al aglutinar mucho de lo que he comentado en párrafos anteriores. Dice así: "Ideal para una comida típica, en una magnífica ubicación, con una buena relación calidad/precio”.




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