jueves, 22 de octubre de 2026

Midori, un viaje a Japón sin olvidar Portugal

 


    Los amantes del mundo de la alta gastronomía en Portugal saben que “Midori” (palabra japonesa que significa verde) es uno de los grandes templos gastronómicos de este tipo de cocina asiática.



    Hay un dato muy relevante: es el primer restaurante japonés con estrella Michelin en el país vecino logrando, a través de sabores sublimes, una conexión entre las culinarias de Japón y Portugal.



    Una cocina con corazón japonés que admite influencias portuguesas. Una relación, a través de la mesa, entre dos culturas gastronómicas completamente distintas y, como se puede apreciar tras comer en él, perfectamente compatibles.



    Abierto en 1992 en el emblemático Penha Longa Resort de Sintra (un impresionante cinco estrellas con tres llaves Michelin), el restaurante se encuentra en uno de los espacios más bonitos de este espectacular cinco estrellas.




    Las vistas a sus cuidados jardines con algún bonsái por medio, los evidentes aires minimalistas como base de la decoración (acorde con la visión nipona de la vida), unos grandes ventanales que dan luminosidad al restaurante y un mobiliario acorde al escenario que se nos presenta, logran crear una sensación de calidez, conformando el perfecto entorno para disfrutar una inigualable velada gastronómica de primer nivel.




    Una cocina abierta, dato éste nada baladí, refuerza la cercanía con el comensal. Incluso, veremos cómo alguna elaboración se prepara en la mesa, frente al comensal.




    Una atmósfera cuidada, exclusiva y refinada (con un gran mural presidiendo el local que recuerda la llegada de los barcos portugueses a estas tierras), digna del cinco estrellas donde se encuentra y de la merecida estrella Michelin que ostenta (junto a dos Soles Repsol), consigue trasladarnos, en un viaje de ida y vuelta, a las tierras del sol naciente.



  Este icónico restaurante, que responde al nombre de Midori (www.midoripenhalonga.com), ofrece varios menús degustación ideados para el deleite y disfrute del comensal.



    Me decanté por uno llamado “Kiri” (niebla, en japonés). Estoy convencido, para quien no es conocedor de este tipo de cocina, que, tras su paso por estos fogones, palabras como Sakizuke (plato de bienvenida), Hassun (una elaboración donde la estética impresionará al comensal), Yakimono, Yasai (cuya base principal es la verdura), Omiotsuke (caldo/sopa de estas latitudes orientales), Dezato, Sakana, Mizumono comenzarán a resultarle familiares y de grato recuerdo.




    Más allá de los platos más conocidos y populares de la gastronomía japonesa (sushi, tempura, yakitori, etc.), Midori nos transporta a través del paladar a un nuevo y amplio abanico de posibilidades, en su mayoría sorprendentes para el comensal.




    Esa conexión a través de la mesa de la culinaria japonesa y nipona es evidente, no sólo en la sucesión de vinos lusos y sakes orientales, sino en platos donde salsas tan portuguesas como “Bulhão Pato” sirven de aliño a elaboraciones asiáticas.



    Por cierto, la historia común de ambos países queda plasmada de manera muy visible en algunos de los momentos de su menú degustación.

    En uno de ellos lo veremos a través de una curiosa y original presentación dominada por una “Cruz da Ordem de Cristo o Cruz de Portugal” (que lucían las velas de la marina portuguesa). Nos explicarán, igualmente, de dónde viene el nombre de “barcos negros”. No adelanto más.



    Así pues, desde aquellos comienzos a la actualidad han pasado muchos años. Trabajo, atrevimiento, iniciativa, responsabilidad, producto de altísima calidad y una técnica inmejorable han sido y son pilares de este gran proyecto que tuvo su culmen en el reconocimiento por la más prestigiosa guía de la gastronomía mundial.





    Siendo el logro de esta apreciada estrella un hito indiscutible, también supuso un antes y un después en la vida de todo este equipo de profesionales (Pedro Almeida, Tiago Santos, Hugo Caneira o Eveline Borges, entre otros, son algunos de los responsables de esta dilatada y premiada carrera).



    Mantenerse en este envidiable firmamento durante tanto tiempo es un esfuerzo y un logro que no debe pasar desapercibido.

    Un logro que debe ser recalcado las veces que sea necesario, porque tan meritorio es conseguirlo como conservarlo en una trayectoria tan dilatada.



    Platos que asombran a los ojos y enamoran al paladar, servicio espectacular, equilibrio de sabores, emplatados que se quedan aparcados por mucho tiempo en la memoria. ¿Qué mejor halago se puede decir de elaboraciones que, sin duda, son verdaderas obras de arte efímero?




    Resumiendo, y en pocas palabras: consiguen transformar lo sofisticado en sencillo. Un pequeño/gran milagro que solo se logra a base de técnica, valía, empeño, dedicación y tiempo. Menudo mérito.



    Finalizo indicando que estos párrafos se publicaron en la web del diario español LA RAZÓN el 21 de octubre de 2026.

Midori, un viaje a Japón sin olvidar Portugal





martes, 13 de octubre de 2026

“Porta Nigra”, el monumento más emblemático de Tréveris


    Visitar la ciudad alemana de Tréveris, una de las más antiguas del país, es recorrer la huella romana de esta localidad y su monumento más icónico, la “Porta Nigra”.



    Esta ciudad, situada a orillas del río Mosela, pasó de ser una colonia del imperio a transformarse, a finales del siglo III, en una de las capitales de la Tetrarquía.



     Declarada Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO en 1986 (junto con otros monumentos y edificios históricos), está considerada la puerta mejor conservada al norte de los Alpes en su estilo.



     Formaba parte del conjunto de murallas, más de seis kilómetros, que defendían la antigua “Augusta Treverorum” (actual Tréveris, o Trier, en alemán), fundada en el 16 a. de C.



    Su llamativa tonalidad negra, razón por la que popularmente se le conoce con este nombre, se debe a un proceso lento de decoloración de la piedra arenisca con la que se construyó.



    El paso del tiempo, las inclemencias meteorológicas y la contaminación han ido dándole esa tonalidad oscura, también debida a que el óxido de hierro se corroe en la arenisca.

    Datada alrededor el 170 y 180 d. de C (en tiempos del emperador Marco Aurelio), tenía un uso estratégico como baluarte defensivo y puerta de entrada a la ciudad.

    Su función era clara. Controlaba el acceso de personas y mercancías, además de puesto aduanero. Era, pues, esencial para organizar la vida en el interior de la urbe.

   Esa majestuosa presencia y sus grandes dimensiones anunciaron y proclamaron durante siglos la presencia y el poder de Roma en estas tierras.



    Así pues, casi dos milenios de historia atesora esta imponente construcción de treinta metros de altura construida con sillares de piedras (más de siete mil) traídas de canteras cercanas, algunos de casi seis toneladas.



    En su construcción no se utilizó mortero, sino grapas de hierro para ensamblar estos grandes bloques de piedra arenisca. Unas abrazaderas de metal que fueron, posteriormente, robadas en su mayoría durante la Edad Media.



     Tantos siglos de historia han ocasionado, lógicamente, que numerosas curiosidades y anécdotas históricas se sucedieran en un periodo de tiempo tan dilatado.



   Por ejemplo, durante años sirvió de morada de un monje ermitaño bizantino (Simeón), que posteriormente sería canonizado.

    En la Edad Media se construyó en su interior una iglesia de dos alturas (dedicándose la parte inferior al pueblo llano). Fue Napoleón quien, en su visita a la ciudad en 1804, ordenó que se demoliera, junto a los añadidos medievales, para que la puerta volviera al estado original romano.

    Emblema indiscutible de la ciudad, esta monumental puerta atestigua el poder y la presencia del imperio romano durante siglos por estas latitudes europeas (además de otros monumentos que han llegado hasta nuestros días como sus grandiosas termas o la espectacular basílica de Constantino, también conocida como Aula Palatina, que sirvió como salón del trono de Constantino I el Grande).










    Así pues, estamos ante un monumento icónico de esta ciudad de Renania-Palatinado (con arcos y columnas bien conservados) que ha sido y sigue siendo polo de atracción de multitud de visitantes.



    Seguramente, el más famoso de esta localidad y, sin duda, un símbolo en su tiempo del poder casi absoluto de Roma. 

    

    

     Finalizo este post indicando que estos párrafos se publicaron en la web del periódico español LA RAZÓN el 6 de septiembre de 2026.

“Porta Nigra”, el monumento más emblemático de Tréveris