viernes, 16 de septiembre de 2011

Playa de Los Boliches, en Fuengirola



          Una de las playas que más me gusta de la Costa del Sol es, sin lugar a dudas, la de Los Boliches, en Fuengirola. Amplia, limpia, posee un paseo marítimo tremendamente ancho y es un hervidero constante, día y noche, de vida. 
        Lo variopinto de la multitud de nacionalidades que conviven en esta ciudad, las enormes posibilidades turísticas que ofrece, la variedad de deportes nauticos que podemos practicar y el casi perenne sol que ilumina la playa, hacen de este destino el lugar ideal para pasar unos días.
        Son muchos los extranjeros que pusieron sus ojos en estas latitudes y compraron casa a lo largo de la costa, atraidos por la forma de vida y el clima de Fuengirola. El paso del tiempo ha hecho que venideras generaciones de ingleses, centroeuropeos o nórdicos cuenten con su segunda residencia en la Costa del Sol.




         Benalmádena, Torremolinos, Marbella, Estepona... son enclaves turísticos de primer orden. Ahora bien, por razones familiares, tengo un especial cariño por la ciudad de Fuengriola y, especialmente, por el barrio de Los Boliches.
           A lo largo del paseo marítimo de Los Boliches hay multitud de esculturas que embellecen, desde luego, el recorrido.  Un rosario de obras de arte permanentes al que sumar las efímeras creaciones de arena, también salidas de las manos de verdaderos artistas.



          Quizás, la más original y famosa de todas las esculturas de este paseo marítimo es el monumento que se erigió en recuerdo de la antigua peseta. Un atrevido diseño que mezcla una peseta de gran tamaño dando vueltas sobre su eje. A sus pies, el mapa de España. Por cierto, tan televisivo que algún anunciante se fijó en él. 




         La constante animación de este espacio urbano  es tan diversa que cuesta abarcarla en su totalidad, aunque estemos varios días: mercadillo de artesanías, exhibiciones de kárate en la playa, campeonatos de vóley playa,  pruebas deportivas, música en vivo, carril bici, amplio paseo, etc., etc.
         Una de las más bonitas "escenas" que el viajero pueda imaginar en estas tierras es la de un mar tranquilo, con un precioso sol que se va escondiendo al anochecer, junto a esos chiringuitos que preparan los famosos espetos.
          Ir a la Costa del Sol y no probar un espeto es volver a casa sabiendo que te dejas algo. Hay una maestría, aunque algunos no lo vean, en el arte de preparar los espetos. El tipo de fuego, la cercanía del mismo, la duración y la intensidad de esas brasas sobre una caña pincahada de sardinas hacen que un espeto esté o no en su punto. Naturalmente, lo importante es la calidad de la sardina, pero no hay que dejar de lado esta original forma de cocinarlas tan enraizada en la vida malagueña.   
           No retornes sin probarlos. Hazme caso, es un sabio consejo.


           Si me preguntaran por la época del año en la que venir, mi recomendación sería viajar fuera del verano. Hay también mucho por ver, por descubrir y, además, nos ahorraremos más de una cola.

          
           Por cierto, las comunicaciones son excelentes. A sólo 30 kilómetros de Fuengirola se sitúa el moderno, y recién remodelado, aeropuerto internacional de Málaga, con conexiones directas a las más importantes capitales europeas.
           Os cuelgo, a lo largo de este post, distintas fotografías realizadas en diferentes horas del día de uno de los más bonitos espacios urbanos de la Costa del Sol.
           Una refrescante jarra de cerveza, un espeto y el Mediterráneo como fondo. ¿Existe mejor plan para unas vacaciones?.



 

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