martes, 12 de abril de 2011

Potosí, una joya en el sur de Bolivia.

            La que fuera la más rica y próspera ciudad del mundo, con una mina de plata situada en Cerro Rico, guarda los recuerdos de su gloriosa y añorada historia.
           Gloriosa porque fue a mediados del XVII una urbe con cerca de 160.000 habitantes, cuando capitales españolas (como Sevilla o Madrid) no llegaban ni a la mitad. Estaba más poblada que Londres, Paris o Lisboa.
          Añorada porque ese crecimiento y desarrollo, envidiado desde todos los rincones del planeta, contrasta con los problemas y dificultades económicas que sufren, en la actualidad, tanto sus habitantes como el país.
            Situada en el suroeste de Bolivia, capital del departamento del mismo nombre, fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO en el año 1987. La riqueza arquitectónica y la impronta española es evidente a cada paso (casonas, palacios, palacetes, conventos, iglesias, estrechas calles que defienden al viandante del sol, balcones, museos, etc., recuerdan constantemente su pasado colonial).
            La razón de ser de esta ciudad se debe al majestuoso Cerro Rico, de donde se sacaron ingentes cantidades de plata que ayudaban a la financiar las necesitadas arcas de la corona española. Este cerro, cuya riqueza parece inagotable, siguió siendo explotado tras la independencia de Bolivia y, en la actualidad, atesora toneladas de plata en sus entrañas pendientes de ser extraídas.


            Tanta  riqueza en la ciudad salpicó a todos los órdenes de la vida, creando una minoría ostentosa y económicamente muy floreciente.

La visita
            Comenzaremos nuestra visita por la plaza 10 de noviembre, corazón de la ciudad y lugar de celebración de sus grandes eventos. Aquí se encuentra la catedral (en cuyo interior está el mausoleo de los Notables), la prefectura y la Corte de Justicia (inicialmente antigua Casa de la Moneda).


            Si bajamos un poco nos encontraremos con el impresionante edificio de la Casa Nacional de la Moneda. Su
visita es una parada obligada. Su preciosa entrada principal deja entrever los patios  que la conforman con balcones de madera de estilo colonial. Curioso es el famoso Mascarón, una cara risueña con ciertos rasgos indígenas que se ha convertido en el icono de la Casa y, posiblemente, de la ciudad. Aunque no se sabe a ciencia cierta su significado,  algunos historiadores se decantan por atribuirla a una  caricatura de un famoso personaje boliviano. En todo caso, la visita debe ser pausada y tranquila, apreciando sus salones, sus museos y las colecciones de todo tipo que suponen un recorrido por parte de la historia de la ciudad.  La importancia de este edificio fue tal que las monedas que aquí se acuñaban llegaron a ser, durante mucho tiempo, utilizadas en casi todo el mundo.


 El tesoro arquitectónico de Potosí se expresa especialmente en su faceta religiosa. Además de la catedral, tenemos infinidad de iglesias y capillas que lo atestiguan. Destacan, entre otras, el templo de San Benito, la iglesia de la compañía de Jesús (cuya torre está edificada sobre la fachada principal), Santa Bárbara, la iglesia y el convento de Santa Teresa, San Agustín, el templo de la Merced (que presume de tres barrocas puertas en su fachada principal), la parroquia de San Martín (con un interior sorprendente por el ágil juego de madera y dorados), San Lorenzo de Carangas, San Bernardo, San Pedro, etc. Infinidad, en definitiva, de manifestaciones arquitectónicas religiosas que rivalizan con la riqueza escultórica y pictórica que entre sus muros guardan.

La ciudad es también conocida como "la capital minera de Bolivia". El majestoso Cerro Rico parece defender y proteger la ciudad que a sus faldas vio nacer. Suele haber excursiones (muchas de ellas se contratan en las agencias que hay frente a la Casa de la Moneda) para visitar el interior de esta mina. El viajero quedará, con seguridad, tremendamente impresionado al conocer las lamentables e insalubres condiciones en las que trabajan los mineros.
Potosí son también sus calles. La que llaman Tarija es una típica calle potosina con balcones de madera. La calle Hoyos, de traza colonial,  o  la calle Ayacucho, entre otras,  poseen multitud de casas que, por influencia española, vuelcan sus habitaciones a un patio principal.
El mayor encanto, el atractivo más irresistible de la ciudad es, sin duda, sus habitantes. Para ello nada mejor que pasear por el mercado central (advirtiendo productos y alimentos, en ocasiones desconocidos para nosotros) y recorrer su centro histórico con los ojos bien abiertos, para así empaparse de las costumbres, a veces distintas, a veces iguales, de estas gentes. Personas amables y cariñosas, tremendamente orgullosas del lugar donde les ha tocado vivir.
Resultaría infantil pretender creer que la conservación de este tremendo legado de la Humanidad, a pesar de los años y las penurias que vive el país, no se la visto amenazado. Siglos y siglos han causado grandes estragos que, en la medida de lo posible, se intentan subsanar. Es de justicia reconocer la labor que realizan muchas organizaciones internacionales y países en este sentido.
            Debido a la gran riqueza que su subsuelo guardaba se oía, por aquellos tiempos, la frase de que algo “vale un Potosí” para referirse al extraordinario valor que se le da a un objeto. Esta afirmación bien puede, actualmente, aplicarse a su riqueza monumental.


No debemos olvidar que la ciudad se encuentra a una altura de 4.070 metros sobre el nivel del mar. Es posible que suframos los efectos del soroche o mal de altura. Sus síntomas son mareos, dolores de cabeza y, en ocasiones, vómitos. Conviene ingerir muchos líquidos para sofocar sus efectos.
Potosí es una ciudad tranquila y poco problemática para el turista. Una ciudad tremendamente recomendable para el viajero en la que descubrirá a un pueblo apasionado por su pasado y donde las raíces españolas se han fundido, durante siglos, con las autóctonas.
 
 
 


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