domingo, 19 de julio de 2026

Moagem Industrial Lodge, dormir en un antiguo molino

 

    La capacidad de innovación, de idear nuevas posibilidades, manteniendo altos estándares de calidad es uno de los detalles, en el mundo de la hostelería, que deben ser siempre reconocidos y elogiados.



    Este elemento novedoso y original puede perfectamente aplicarse a Moagem Industrial Lodge, un singular hotel, situado en la localidad portuguesa de Viana do Alentejo, que supo dar nueva vida a lo que fue un antiguo molino de cereales (“Moinhos de Santo António”) que estuvo en funcionamiento hasta 1980.




    Importante destacar en la vida de este emblemático edificio que, tras un devastador incendio acaecido en 1946 que prácticamente lo arrasó, hubo de ser reconstruido.



    Con un diseño industrial, manteniendo en la medida de lo posible la huella del pasado de estos muros, el viajero descubrirá un espacio para el descanso sin igual, innovador, original, algo ecléctico, muy atractivo y, en cierta forma, conciliador entre el presente y el pasado de esta construcción.



    Me atrevo a decir que ese elemento diferenciador, inusual e impactante, a la vez que seductor, es “marca de la casa” si el lector observa los diferentes alojamientos y restaurantes que tiene el grupo Zero Hotels, al que pertenece Moagem, en distintas ciudades de Portugal como Oporto, Coimbra o Lisboa.



    Esta extraordinaria obra de rehabilitación, a cargo del arquitecto Gonçalo Queirós Carvalho, ha sabido mantener el alma de este molino/silo y, en cierta manera, convertirse en un merecido homenaje a cuantas personas durante años trabajaron en estas antiguas instalaciones industriales.



    Las tres palabras que forman su nombre, Moagem Industrial Lodge, son una declaración de intenciones del antes, el ahora y el futuro del hotel.



    Lo que era un antiguo molino (“Moagem”) cuyas labores industriales (“Industrial”) crearon riqueza y proporcionaron trabajo a muchos vecinos de Viana do Alentejo, es ahora un alojamiento (“lodge”) al que es difícil resistirse. Más aún, cuando advertimos su extraordinaria relación calidad/precio.



    Diecisiete amplias habitaciones (todas diferentes, pero con una estética similar), dos de ellas suites, conforman (junto a una piscina climatizada, un relajante spa con sauna y baño turco, una agradable terraza jardín, solárium, zonas comunes y un magnífico restaurante) una propuesta ciertamente seductora.




    Artefactos de toda índole (como una caja fuerte, tolvas o ruedas dentadas), mobiliario de época, balanzas, un elevador de madera, ficheros, libros de cuentas, una centralita telefónica, viejos sacos donde se cargaban y almacenaban los cereales y otros numerosos detalles decorativos (donde la madera y el hierro tiene gran protagonismo) van diseñando las diferentes estancias de este cuatro estrellas que, a pesar ese pasado y esa historia fabril, destila un incuestionable toque contemporáneo.



    Un magistral juego decorativo donde la ornamentación de antaño sabe fusionarse con otros elementos más modernos como lámparas, estanterías, sofás, cuadros o mesas. Un atractivo puzle formado por piezas que aúnan a la perfección pasado y presente. Difícil de olvidar.



    Su apuesta gastronómica está abanderada por su restaurante “Kitcken”.

    Antes de comenzar es de justicia hacer mención especial a su menú degustación. Una gratísima sorpresa, de las que cuesta olvidar y de las, seguro, que el comensal deseará repetir en otra ocasión.

    Si, por el contrario, se decantan por una cena a la carta, permítanme que les aconseje algunos platos.



    Como entrante, no duden en pedir su magnífico “tártaro de carpa, amêndoas e leche de tigre”.




    Como principal, no sabría decirles si me gustó más el “carret de porco preto e arroz de enchidos” o la “cabeça de xara, laranja e cremoso de coentros”. Dudas que sólo nos asaltan cuando nos enfrentamos a propuestas gastronómicas consistentes.



    Como final de la velada, decántense por una "sobremesa" llamada “chocolate, bolota e cogumelo”. Un postre que es, en sí mismo, un homenaje a ingredientes tan alentejanos como unas setas y unas bellotas, pero cocinados, en este caso, como plato dulce.



    En el restaurante, al frente del cual se encuentra el chef portugués Pedro Piris, sobresale su gran cocina abierta, presidida por un gran fuego central de leña (bajo una chimenea de siete metros de altura). A ambos lados, como privilegiados espectadores de la función que se va a representar, hay unas mesas alargadas, con apenas cuatro asientos cada una, donde el comensal puede ver "in situ" mientras come el proceso de elaboración de sus platos.




    Fuego y leña como hilo conductor de una trabajada propuesta gastronómica en la que, además, encontramos dos espacios adicionales más: una sala con grandes ventanales que dan mucha luminosidad a su interior y una muy agradable terraza.




    Si un entorno tan especial se acompaña de una buena técnica, calidad en el producto, un magnífico cocinado y un cuidado emplatado, estamos en el lugar correcto.



    Sobre todo, cuando apreciamos la utilización de ingredientes de proximidad, en la medida de lo posible, con un evidente respeto a las ricas y arraigadas tradiciones gastronómicas de la región. Obviamente, con el toque identitario y personal del chef.




    Todo ello regado, no podía ser de otra forma estando en el Alentejo, por una muy aceptable y variada selección de vinos, donde tienen natural protagonismo de los de estas tierras.



    Un acierto, a mi entender, elegir estas habitaciones como lugar donde recargar pilas, donde olvidarse por unos días las preocupaciones, las contrariedades y los sinsabores diarios gracias a la acogedora atmosfera de paz y tranquilidad que construye el equipo de este hotel comandado por su directora Patricia Rego. Un trato personalizado y una preocupación por cualquier detalle que es de agradecer.



    Moagem Industrial Lodge, que también realiza una decidida apuesta por la responsabilidad ambiental gracias a la utilización de paneles solares y a una gestión consciente de los residuos, es una muestra más del gran poder de atracción que tiene esta región.



    El Alentejo está de moda. Una capacidad de seducción que tienta al viajero no solo por los muchos recursos y atractivos ya conocidos (gastronómicos, culturales, urbanísticos, folclóricos, naturales, etc.) sino por ese más que impresionante abanico de grandes alojamientos de alto nivel que florecen por toda la región.













martes, 14 de julio de 2026

Visitamos la "Casa de Julio Verne"


    La mayoría de las personas asocian, con razón, la ciudad de Amiens, capital de región de la Picardía francesa, con su impresionante catedral gótica, la mayor de Francia.

    Así es, este templo católico, declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO en 1981, es el más famoso e icónico de sus edificios. Una visita obligada en una ciudad repleta de motivos y argumentos para ser visitada.



    Uno de ellos es, sin duda, la casa de Julio Verne (“Maison de Jules Verne”), lugar donde residió el mundialmente famoso escritor y su mujer, Honorine, desde 1882 (cuando se mudaron a esta residencia) hasta el año 1900.



    Vivía, como él mismo decía, en “la casa de la torre”. Nombre que hace clara alusión a uno de los elementos más característicos del edificio.



    Esta lujosa casa burguesa del XIX, de ladrillo rojo y visibles detalles decorativos en piedra caliza, posee un diseño arquitectónico con recuerdos al estilo Belle Époque.



    Situada en el número 2, rue Charles Dubois, se encuentra en una de las mejores zonas de la ciudad.



    “Viaje al centro de la tierra”, “Los hijos del capitán Grant”, “La vuelta al mundo en ochenta días”, “Veinte mil leguas de viaje submarino”, “La isla misteriosa” o “Cinco semanas en globo” son algunas de sus más conocidas obras. Más de sesenta novelas donde se muestra la imaginación de uno de los grandes del siglo XIX y autor de algunos de los libros más traducidos del mundo.



    Propiedad en la actualidad de la ciudad de Amiens, siendo parte de su patrimonio, en 1998 fue declarada monumento histórico para posteriormente, tras una adaptación, abrirla al público como museo.



    Claro que hay numerosas estancias por ver (es una casa de grandes dimensiones y varias plantas), pero quizás lo que más impresiona al visitante es su despacho, especialmente si tenemos en cuenta que aquí dio rienda suelta a su creatividad escribiendo algunas de sus más importantes obras.



    Meticulosamente restaurada, estas paredes han sabido recrear, a pesar del paso de los años, una atmosfera que nos recuerda en todo momento al insigne escritor.



    Habitaciones, salones, el vestíbulo de entrada, el ático o el jardín parecen trasladarnos a aquellos tiempos.



    Numerosos objetos, muebles, copias de manuscritos, fotografías, cartas, maquetas, recuerdos de sus viajes, mapas, instrumentos de navegación, globos terráqueos, parte de su gran biblioteca (dicen que superaba los 12.000 volúmenes) y diversos documentos nos recuerdan constantemente su vida y sus obras.




    Una especie de laboratorio (Julio Verne era tremendamente curioso, investigaba mucho y acumulaba numerosa información que pudiera serle de utilidad) para dejar volar su imaginación llegando a idear proyectos e instrumentos antes de que, gracias a los adelantos de la ciencia, fueran posible.






    En cierta forma, buceamos en la intimidad y en los sueños del escritor. Es como si lo viéramos sentado en el sillón de su despacho escribiendo algunas de sus novelas.



    En definitiva, un merecido tributo y homenaje, gracias a un museo que, además de una pequeña tienda de recuerdos, cuenta con la ayuda de tecnología multimedia con videos y pantallas táctiles informativas.



     Los amantes de la literatura tienen en esta mansión un destino por sí mismo.



    Esta emblemática casa no era solo morada y hogar de su familia. También se convirtió en centro de reuniones literarias, escenario para celebrar bailes de disfraces o el lugar donde acudían periodistas, admiradores y lectores de diferentes partes del mundo.



    La huella y el legado de Julio Verne en la ciudad va más allá de su faceta literaria. Por citar un ejemplo, fue concejal en el ayuntamiento participando activamente en su vida cultural.



    Amiens, por su parte, no olvida al más famoso de sus vecinos. La universidad, un gran bulevar o el circo de la ciudad llevan su nombre.



    Por cierto, para acabar estos párrafos, indicar que, si desean acercarse a su tumba, se encuentra en el cementerio de “La Madeleine”.



    Descubriremos un sorprendente monumento, en la misma lápida, en la que se representa al gran escritor saliendo de su propia tumba con el brazo extendido hacia arriba.



    Obra del escultor Albert Roze pretende representar que tanto él como sus obras son inmortales.



    Bien puede decirse que este escritor visionario, creador de aventuras insólitas, nos regala la aventura de conocerle gracias a su casa/museo.



    Indicar que estas líneas se publicaron en la web del diario español LA RAZÓN el 13 de julio de 2026.

Visitamos la "Casa de Julio Verne"