viernes, 11 de noviembre de 2011

Uno de los monumentos más antiguos de la Humanidad


         
          La capacidad de sorpresa parece no tener fin cuando se viaja a la región portuguesa del Alentejo, la mayor en extensión del país (desde la frontera española a las playas del Océano Atlántico).

          
          Hay tanto para ver y disfrutar que se necesitan varias visitas si querermos tener una idea aproximada de la riqueza y variedad de este territorio. Son conocidas las inmensas extensiones de dehesas, sus extraordinarios vinos, las numerosas localidades repartidas por toda su geografía que atesoran la riqueza de un espectacular historia (tales como Estremoz, Elvas, Beja, Portalegre o Vila Vicosa, entre otras), la ciudad de Évora (capital administrativa de la región), sus itinerarios enológicos entre bodegas y viñedos que parecen perderse en el horizonte, etc., etc.
            Últimamente, además,  se ha puesto de moda un particular tipo de turismo al amparo del mayor lago artificial de Europa: la presa de Alqueva, que permite navegar en medio de este casi infinito mar interior en los conocidos barcos-casa.
            Pues bien, junto a esos grandes reclamos turísticos existen otros más desconocidos. Quizás uno de ellos es la existencia de una riqueza arqueológica en estas tierras que ignoraban la mayoría de los viajeros. Aquí, por ejemplo, están los mayores yacimientos megalíticos de la península ibérica y el monumento más antiguo, de los que se conocen actualmente, de todo el continente. Me estoy refiriendo al recinto megalítico de Los Almendres, considerado también como uno de los más antiguos de la Humanidad.
            Se encuentra muy próximo a Évora (ciudad declarada Patrimonio Mundial de la Humanidad  por al UNESCO), apenas 15 kilómetros.


       
         Es, en mi opinión, una visita inexcusable, única y diferente al típico recorrido turístico por el Alentejo. Resulta realmente asombroso pasear entre esta insólita  ”colección de menhires” incrustados en la tierra (algunos con figuras labradas en la piedra). Cerca de la centena, llegan, en ocasiones,  hasta los dos metros de altura, en medio de un paisaje de centenarios alcornocales que harán las delicias de los fotógrafos. Más aún, al descubrir el color rojizo de esos árboles "desnudos" tras quitarles el corcho que protege sus troncos.

           Había estado en este recinto hacía muchos años y tuve la suerte de volverlo a recorrer recientemente. Da igual el tiempo que pase, os lo aconsejo. Es, verdaderamente, otro de los grandes atractivos de esta preciosa región portuguesa cuyo crecimiento turístico parece imparable.

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