viernes, 1 de abril de 2011

Valle de Aosta, el placer de pasear entre montañas

            Vuelo de Madrid a Milán. Desde aquí, por una buena autopista, me llevan hasta el Valle de Aosta, en plenos Alpes italianos.
            Todo parece aliarse para una inolvidable escapada. El pronóstico del tiempo es bueno, la luz la adecuada para mis fotografías y las ganas de disfrutar de estos valles y montañas inmensas.



             La situación estratégica de este valle hace que ya los romanos lucharan por conseguir dominar este paso natural entre los actuales países de Italia y Francia; y no existe mejor ejemplo de la impronta de este imperio que la propia ciudad de Aosta, donde las murallas, el arco de Augusto o el mismo trazado urbanístico, entre otros muchos recuerdos pétreos, son indiscutibles huellas de su pasado romano.


        
          La extensión de esta región autónoma italiana no es muy grande pero, a pesar de ello, puede presumir de tener algunas de las grandes alturas de los Alpes. Tal es el caso del emblemático monte Bianco (más conocido como Mont Blanc) o el monte Rosa.



            Si me preguntaran por las posibilidades turísticas de este territorio diría que son, además de enormes, muy variadas. Por ejemplo, en épocas invernales cuenta con varias de estaciones de esquí donde practicar todo tipo de deportes blancos. Si, por el contrario, como fue mi caso, nos acercamos en primavera o verano, aconsejo especialmente practicar el senderismo, pasear a caballo, deambular por sus pueblos y disfrutar del esplendor de la naturaleza que nos envuelve. Una naturaleza que se funde con bonitos castillos medievales, con pueblos encajonados entre valles o con campos de viñedos que permiten elaborar, a pesar de la altura, un extraordinario vino blanco.
            Siempre que pensamos en Italia como destino para nuestras vacaciones ponemos generalmente nuestros ojos en ciudades como Venecia, Roma, Florencia, Nápoles, Pisa o Milán.
             Sin embargo, Italia es pura variedad, siendo un ejemplo de ello el valle de Aosta, donde se encuentra, por citar un lugar emblemático, el parque natural más antiguo del país (Parque Nacional del Gran Paradiso, fundado en 1922).



            Viajando por sus carreteras o paseando por sus pueblos descubriremos que el color es parte innata de este territorio. Un color que cambia de matices, de tonalidades y de intensidades. Un color que muda del atrayente verde primaveral al reluciente y casi inmaculado blanco que, tras unas copiosas nevadas, parece abrigar desde las montañas a los valles. Un territorio, además, que origina curiosos contrastes, como poder zambullirse en unos calientes baños termales mientras nieva a nuestro alrededor. 
            Aosta es la muestra de esa Italia diversa y diferente a la mundialmente conocida. Desde luego, algo en las antípodas de las aglomeraciones turísticas de algunas urbes de este país. De este destino podemos decir que es tranquilidad, nieve, relajación, naturaleza, montañas, turismo rural, glaciares, castillos, huella romana, medievo, descanso papal, seguridad, bosques, ríos, cultura, etc., etc. En definitiva, atrayente y cautivador.



Datos útiles:
Para comer: Restaurante “Cadran Solaire” de Courmayeur y restaurante “Ad Forum” de Aosta.
Hay que probar. El famoso café valdostano, al que junto a su original elaboración se une el insólito recipiente de madera donde se sirve.
Para dormir: Hotel Cresta et Duc, en Cormayeur 
Unas termas: Las termas de Pré-Saint-Didier (www.termedipre.it)
Una recomendación: Subir a la terraza panorámica de Punta Helbronner con el teleférico del Mont Blanc.
Una escapada con historia: Visitar el castillo medieval de Fénis, a sólo media hora en coche de la ciudad de Aosta.


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