martes, 15 de marzo de 2011

Mar Negro turco, atrévete a conocerlo

Si nos preguntaran por Turquía, seguramente nos vendrían a la memoria imágenes muy parecidas. Pensaríamos en la cosmopolita y casi inabarcable Estambul, en las preciosas playas del cálido Mediterráneo, en su histórico Mar Egeo, en la moderna Ankara, en Éfeso, en sus múltiples  bazares, en  la turística Capadocia, etc., etc.
Sin embargo, pocos serían capaces de asociar este país con nieve, altas montañas cubiertas de tupidos bosques, lagos de aguas cristalinas, ríos donde pescar truchas o insólitos paisajes cubiertos por un manto de plantaciones de té (su bebida nacional).



Tuve la suerte de viajar hasta la zona oriental del Mar Negro turco, al norte del país y cercana a la extinta U.R.S.S. (actual frontera con el estado de Georgia).
 La mayor ciudad de este apasionante territorio, en importancia económica y población, es Trabzon (antigua Trebisonda).  El paseo por sus calles es francamente agradable. Es un buen lugar para hacer algunas compras y conocer las huellas arquitectónicas de su turbulento pasado. Entre ellas, y sobre todo, la iglesia de Santa Sofía, ahora un museo. 



Desde Trabzon me acerqué al Parque Nacional de Altindere, donde se encuentra el  Monasterio de Sumela. Impresiona, de verdad, ver la pared rocosa donde se levantó este santuario erigido en honor de la Virgen María. Es tan asombrosa esta ingente obra arquitectónica (en cuyo interior podemos admirar la riqueza de sus frescos bizantinos, algo deteriorados por años de abandono) como el idílico paraje donde se sitúa. Por esta razón, aunque la subida –a pie- es algo cansada, no cabe duda que el esfuerzo, de aproximadamente cuarenta minutos, queda plenamente recompensado cuando alcanzamos nuestra ansiada meta.
Pero el recorrido por estas tierras no se agota, ni mucho menos, en lo mencionado hasta el momento. Nos quedaremos, con seguridad, boquiabiertos y gratamente asombrados al conocer Uzungöl, un lago rodeado de verdes montañas con la silueta característica de una mezquita al fondo. Este lugar se ha convertido, en los últimos años, en un área de vacaciones para muchos turcos, por lo que son numerosos los hoteles, construidos en madera, donde alojarnos. Quien les escribe tuvo la suerte de conocer este lago prácticamente helado. Puedo asegurar que un paseo por sus orillas y alrededores, aunque el tiempo desgraciadamente no acompañaba, fue una experiencia  imborrable.



Recuerdo también con especial cariño la ciudad de Rize, situada a unos 75 kilómetros de Trabzon y algo más pequeña que esta última. Ubicada entre las laderas de unas montañas y el Mar Negro, es famosa por sus plantaciones de té, que son visibles si paseamos por su zona alta.
   En definitiva, una región con una rica, y a veces problemática, historia (paso y hogar de muchas civilizaciones a lo largo de los siglos) y con una naturaleza única donde el viajero descubrirá lugares insospechados, recónditos rincones y una sucesión casi interminable de valles y montañas (como Ayder). No exagero al apuntar que, en ocasiones, parece que estamos en los Alpes suizos o austriacos.



    ¿Qué más puedo decir de estas tierras del norte de Turquía? Apenas indicar que gozan de un especial magnetismo y que, a día de hoy, no están “contaminadas” por el  excesivo turismo. Ello nos permitirá disfrutar de una Turquía diferente a la que normalmente conocemos.
   Nuestro recorrido por estas orillas turcas del Mar Negro nos adentra por caminos distintos a los ya conocidos de este país, a caballo entre oriente y occidente, que trata de conjugar –no siempre de manera sencilla- su rica historia, el cruce de civilizaciones que ha supuesto y el  indiscutible paso de culturas, pueblos y religiones durante siglos.


Desde aquí, animo a conocer “otra Turquía”, diferente a la de los clásicos reclamos turísticos, distinta a la de los viejos clichés, pero con el mismo alma hospitalaria y acogedora que caracteriza a todo el país.



Una recomendación gastronómica
           Turquía tiene una reconocida y bien ganada fama en el mundo culinario. Por ello, aconsejaré dos platos: uno salado y otro dulce, que me resultaron particularmente exquisitos. He visitado en varias ocasiones este país y fue por primera vez en este viaje cuando tuve la oportunidad de probarlos.
            El primero de ellos son las anchoas fritas, un pescado típico de estas aguas que se degusta en cualquier restaurante, sobre todo los situados junto a los paseos marítimos de los diferentes municipios costeros.
 El segundo es un postre. Se trata de una delicia, una exquisitez llamada Sütlac. Me refiero al típico arroz con leche que se prepara, tras quemar algo de azúcar en su parte superior, acompañado de una fina capa de avellanas trituradas; lo que le da un sabor y textura especial. No en vano, Turquía es, si mis datos son exactos, el mayor productor de avellanas del mundo.

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