domingo, 3 de abril de 2011

Los gofres de Max

            Tradicionalmente este postre ha sido, fuera de Bélgica, denostado en muchos países en el mundo de la gastronomía. Más por desconocimiento que por sólidos  argumentos que avalaran  tal decisión.
            Se comete el error de encasillar este dulce con los que nos preparan en puestos ambulantes de muchas ciudades de Europa. Una especie de “fast dessert”. Este halo crítico en torno a las calidades culinarias del gofre (calificándolo de empalagoso y de pesada digestión) parece sobrevolarle perennemente.
            Sin embargo, como en casi todos los aspectos de la vida, las generalizaciones son normalmente injustas.
            ¿Alguien se atreve a minusvalorar la riqueza de matices que hay en la multiplicidad de salchichas alemanas por el hecho de existir los “hot dogs”? ¿Alguien puede menospreciar una buena pizza porque existan numerosas franquicias de sirven un “determinado” tipo de pizza?. Naturalmente, a poco se que prueben estas exquisitas elaboraciones, el comensal concluirá que es imposible hacer tan erradas afirmaciones.
            En el mundo de los gofres ocurre algo similar. Por eso, nada mejor que acercarse a la cuna de este postre; a Bélgica.



            Allí, lo primero que descubriremos son las diferentes variedades. No es igual un gofre de Lieja que uno de Flandes (más esponjoso). Todos magníficos, pero cada uno con su propia personalidad y con características marcadas. Aunque muchos no lo crean, hay un mundo dentro de los gofres.
            Visitando la ciudad de Gante tuve la suerte de conocer el restaurante Max (http://www.etablissementmax.be/), un auténtico icono. Para algunos el lugar donde se elaboran los mejores gofres del planeta. No tengo argumentos ni pruebas para rebatirles. Sólo puedo asegurar que son los mejores que he probado en mi vida…. y he tomado unos cuantos


            Merendar en este ambiente alguno de los muchos existentes es la mejor forma de romper esta idea preconcebida y absurda. Estamos en un local con mucha y azucarada historia. Según me comentaron, ya el abuelo del actual propietario se dedicaba a este noble y dulce oficio.
            Aunque sus dimensiones son pequeñas, es agradable, coqueto y con sabor. Céntricamente situado, resulta ideal para una buena conversación o para un merecido alto en el camino.
            La carta es antológica. Los hay de multitud de sabores y las posibilidades se me antojan casi innumerables: sin nada, azucarado, de chocolate, de caramelo, de plátano, de fresas, de advocaat (un licor típico de Gante elaborado a base de huevo), etc.,etc. Decidirnos es ya, por definición, complicado. Parece como si uno quisiera, sabiendo la imposibilidad, un poquito de todos. Luego viene la  siguiente sorpresa: el tamaño.


            De dimensiones considerables, puede decirse, sin temor a equivocarse, que llena un plato grande.
            Nos queda lo mejor: probarlo. Nada más morder advertimos la textura tan fina del crujiente y la finura de la masa con la que se elabora (bastante líquida y muy cercana a la de un crep). Lo cierto es que es muy diferente a los que estamos acostumbrados a comer en España.
            Su suavidad los hace únicos e inimitables. En nada empalagosos, no dan sensación de saciedad desagradable.

     
       Sólo puedo desde estas líneas recomendar, cuando se viaje a Gante (una ciudad tan cercana a los españoles por historia), este local sito en pleno casco histórico. Puedo deciros que me apasionó, siendo uno de los más “dulces recuerdos” de mi paso por esta localidad.




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