miércoles, 4 de noviembre de 2020

Su nombre, Pedro Mendes, es un homenaje a la bellota


       Le conocí personalmente por casualidad, aunque ya había oído hablar de él. Camino la ciudad de Évora hice una parada en Vila Viçosa, un pueblo con tanta historia a sus espaldas que es imposible, si estás cerca, no hacer un alto en el camino para empaparse de la belleza de esta bonita localidad alentejana.




          Se llama Pedro Mendes y es el chef del restaurante “Narcissus Fernandesii”, un precioso espacio gastronómico situado en la planta baja del conocido hotel Alentejo Marmòris (www.alentejomarmoris.com). Dos incuestionables emblemas, restaurante y hotel, del turismo de alta calidad de esta apasionante región.


          Un buen amigo, y excelente periodista gastronómico español, Alberto Granados, se refería a él como “el re-descubridor de la bellota”. No le falta razón. Es más, tiene mucha razón.

       Hay una especie de idilio entre este humilde producto y el cocinero. La “bolota”, claro que sí, también es un símbolo del Alentejo. Sus interminables “montados” hacen, por ejemplo, que sea el hábitat perfecto para que se alimenten los cerdos ibéricos que campan a sus anchas por estas dehesas de encinas y alcornoques.



          Ahora bien, su decidida apuesta por darle el reconocimiento que se merece a la bellota, como producto y materia prima, no es incompatible con su habilidad para trabajar otro tipo de elaboraciones.



          El restaurante es ciertamente bonito, con acceso desde la calle o desde el interior del hotel. El mármol, al igual que en todo este alojamiento de cinco estrellas, también tiene su cuota de protagonismo decorativo con un gran bloque sobre el que se asienta un cristal trasparente que lo transforma en una impresionante mesa para varios comensales. Diría que única, sin igual. Ese protagonismo también lo apreciamos en algunos originales recipientes. No quiero adelantarles más.




         Tonalidades doradas y blancas, luces indirectas, grandes columnas y una excelente separación de mesas (y no sólo ahora, cuando lo exigen razones sanitarias) crean un espacio ciertamente acogedor. Todo ello, con el aliciente de la luminosidad natural que brindan las ventanas y puertas que conectan con el patio central del edificio. En definitiva, todo invita a venir. Predispone positivamente para una gran experiencia gastronómica.

         No quiero olvidar un dato que creo relevante. Cocina, en parte, a la vista tras un gran cristal. Siempre lo aplaudo y celebro. El comensal puede ver, al fondo, trabajar a todo el equipo. Las razones para elogiar este relevante detalle son obvias.

        Por cierto, tanto la vajilla, como la cubertería, como la cristalería, como la mantelería –con bordados dorados con el logo del hotel- están cuidadosamente seleccionadas. Les gustarán.

         No hay mejor enseñanza en la vida que la experiencia propia. Es la mejor de las razones para fundamentar un consejo. Mi testimonio recomendándolo está, en este sentido, repleto de variados y sólidos argumentos personales como son las numerosas ocasiones en que he comido entre esas paredes.  





           Siempre bien, siempre con un servicio magnifico, siempre con un excelente trato del producto, siempre con un mimo en la presentación y siempre con algún plato de los que te quedan para el recuerdo.

          Permítanme que les escriba el nombre de dos de ellos: “Bivalves da costa alentejana e acelgas” (para mí, uno de sus platos estrella) y “cebola recheada de pezinhos de coentrada e bolota” (con una original presentación en el interior de una cebolla que ya se ha hecho famosa). 




           Como puede imaginarse el lector, su trabajo manifiesta una gran pasión por el Alentejo y por los productos de la región, sean procedentes de la tierra o del mar.



        Representa esa vanguardia de grandes cocineros que, con muchísima creatividad y esfuerzo, van innovando la cocina tradicional regional sin quedar de lado el valor y el legado histórico de una gastronomía ancestral que no debe olvidarse nunca. Un selecto ramillete de grandes chefs de restaurantes alentejanos entre los que se encuentra, con seguridad, en un lugar privilegiado Pedro Mendes.

        Su nombre es, por sí mismo, un homenaje a la bellota. Sin duda. Aconsejo, en este sentido, echen un detenido vistazo a uno de sus libros: "O renascer da bolota" (“El renacer de la bellota”). Sugerente título.




       Les recuerdo que Pedro Mendes es mucho más. Es innovación, singularidad, atrevimiento y mucho cariño por la profesión. Hay mucha autenticidad en su trabajo. Cocina sin tapujos en la que expresa su forma de entender la gastronomía.  Nos habla con su trabajo.

        Los tres menús degustación que ofrece en estos momentos su “ementa” (llamados “Menú da Vila”, “Menú do Campo” y “Menú Alentejano”) son la mejor muestra su buen hacer. Todo ello, regado con una muy buena carta de vinos en la que, si es posible, aconsejo soliciten visitar la excelente bodega del restaurante. 

     Se preguntarán por qué tiene un nombre tan curioso y llamativo: Narcissus Fernandesii. Les dejo este interrogante para que lo despejen cuando coman allí.  Disfrútenlo, saboréenlo, alégrense de haber estado degustando el trabajo de este gran chef.




         Son muchos los restaurantes en los que he comido en el país vecino. De norte a sur, de este a oeste. Son, pues, muchos los cocineros que he conocido, durante años, en este periplo gastronómico por Portugal.  Tengo la sensación de que Pedro Mendes no solo es un brillante presente; es también una persona reconocida en su profesión y un prometedor futuro



          Por último, para concluir este post, recordar que este artículo se publicó en la web del diario español LA RAZÓN en 26 de octubre de 2020




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