jueves, 13 de julio de 2017

El cuarto piso del Centro de Visitantes de Miraflores


  
                Hace pocas semanas tuve la suerte de conocer Panamá. Había dos cosas que me atraían especialmente. Por un lado, como extremeño que soy, la huella de Vasco Núñez de Balboa por estas tierras, el primer europeo que divisó el océano Pacifico (“Mar del Sur”) desde su parte oriental. Por otro, ver el famosísimo canal de Panamá.
            Ambos, debo reconocer desde el principio, se cumplieron y superaron mis expectativas. 
             En relación al primero de mis anhelos, además de adentrarme en la historia de este personaje histórico, pude constatar que Balboa está presente en muchos detalles de la vida de este país centroamericano. La moneda -el Balboa-, el nombre de un puerto, una magnífica y refrescante cerveza, calles, avenidas, estatuas, etc., recuerdan la presencia de este extremeño, natural de Jerez de los Caballeros (Badajoz) que nació en 1475 y murió en tierras del entonces llamado "Nuevo Mundo".
             No dejo de pensar, mientras escribo estas líneas, en el gran monumento erigido en su honor en la parte nueva de la capital donde, majestuoso, mira al inmenso Océano Pacífico que tan célebre le hizo.


               Respecto al segundo, hablar de esta gran vía de agua, que une el Pacífico con el Caribe  daría para muchos reportajes. Esta “autopista fluvial” supone un ahorro de tiempo, de incomodidades, de peligros y de dinero para todos aquellos barcos que la utilizan.



        
              Simplemente detallo algunos datos significativos: 1) Atraviesa el istmo de Panamá por su parte más estrecha. 2) Se inauguró el 15 de agosto de 1914. 3) En 1977 se firman los tratados de Torrijos- Carter por los que se acuerda que la soberanía del canal pasaría a Panamá. 4) El 31 de diciembre de 1999 Estados Unidos entrega la autoridad sobre el canal a Panamá.




                 Sin lugar a dudas, merece ser conocida, visitada y admirada la historia de la mayor obra de ingeniería de la humanidad
                 Ya existió una "idea inicial" en tiempos de Carlos I de España, en el siglo XVI, de unir ambas orillas. Obviamente, aquello se quedó en una idea premonitoria. Siglos más tarde, a finales del XIX, los franceses (al mando de Ferdinad de Lesseps) empezaron a construir este Canal. Problemas económicos, enfermedades, de logística, etc., les obligaron a desistir. Serían, posteriormente, los estadounidenses quienes se encargaron de la construcción y terminación de esta ciclópea obra civil.
                De igual forma, no debemos olvidar que forman parte de la historia de esta gran arteria panameña los problemas de soberanía que durante tantos años existieron con los Estados Unidos y, cómo no, requiere mención especial  la gran apuesta que supuso la ampliación del canal. Conviene recordar que la participación de empresas españolas fue muy significativa. Una ampliación que se hizo necesaria con el devenir de los tiempos al aumentar el tamaño, el tráfico y las dimensiones de los barcos.





               Sin embargo, hoy quiero referirme al “Centro de Visitantes de Miraflores”, una parada obligada de todos los viajeros y uno de los lugares que más turistas recibe del país.
              No hay mejor forma de hacerse una idea del canal que acercarse a este edificio, muy cercano de la capital panameña, donde podrás encontrar de todo. Museo, tienda de regalos, cafetería, restaurante, simulador, maquetas, sala de exposiciones, videos, cine con proyecciones sobre el canal, salones para eventos, etc. Tremendamente didáctico. Muy pedagógico. Perfecto para conocer la historia, la evolución, sus grandes datos, la cuenca hidrográfica, la fauna y la flora de este entorno acuático, lo que supone en el comercio mundial, etc.  Hará las delicias de grandes y pequeños.






             Quizás, la joya de la corona del edificio es su cuarto piso, donde se sitúa un  gran mirador panorámico desde el que se aprecian “in situ” estas colosales esclusas -que se encuentran a pocos metros- y cómo esos inmensos barcos, llenos de cientos de contenedores, suben o bajan, por el efecto del agua, que se inyecta o extrae, con una rapidez indescriptible a pesar de espectacular peso de estas embarcaciones.






               Obviamente, todo está pensado y estudiado a lo grande. Todo es de magnitudes increíbles: el grosor y la altura de las impresionantes compuertas, las locomotoras (también llamadas “mulas”) que ayudan a los barcos a situarse correctamente, el volumen de agua con el que se trabaja, la inmensidad de la obra, el tráfico que recibe anualmente. Todo es, como comentaba, superlativo.
              En este mirador privilegiado los turistas, cámara en mano, inmortalizan y graban cada movimiento. Digamos que una instantánea obligada, también mía, es fotografiarse desde este cuatro piso.




                  No es de extrañar que nada más entrar en el centro de visitantes de Miraflores lo primero que se haga es tomar el ascensor y pulsar el botón número cuatro. Ya habrá, más tarde, tiempo para conocer el museo y otras dependencias. Como suele decirse, lo primero, es lo primero.
                 Quien les escribe disfrutó observando estas escenas. Vio un sueño cumplido y saboreó esos momentos. Si a ello le unimos que volando desde el aeropuerto de Albrook, en ciudad de Panamá, hasta Bocas del Toro, en isla Colón (Caribe), pude disfrutar desde “los cielos” de la panorámica  del Canal, poco más se puede pedir.
                 Cerca de 80 kilómetros que consiguieron que esta vía de conexión interoceánica cambiara la historia de la navegación mundial. Un hito, un referente y el empeño del ser humano, a pesar de las adversidades (enfermedades, problemas climatológicos, aprietos económicos, dificultades orográficas,  conflictos de diversa índole, etc.) para conseguir hacer realidad uno de los grandes retos de la ingeniería mundial.
               Mi recorrido por este país, pequeño en extensión pero diverso en multitud de facetas (fauna, relieves, flora, costumbres, paisajes, etc.) me permitió disfrutar experiencias sin igual. De estar un día con la comunidad indígena de los Emberá a recorrer la ciudad de Bocas del Toro; de disfrutar de la modernidad del Museo de la Diversidad a las tradiciones de los diablicos en la provincia de Herrera; de visitar Cayo Zapatilla a ver osos perezosos; de conocer la huella colonial española en el casco antiguo de Ciudad de Panamá (declarado por la UNESCO Patrimonio Mundial de la Humanidad) a fotografiar los inmensos rascacielos que se reflejan sobre el océano.
              En fin, fue mucho lo visto y mucho lo que aún me queda por ver. Tengo que regresar. Acabo de venir y ya estoy pensando en cuándo retornaré. 

Algunos consejos y anécdotas:
Vuelos: Iberia ofrece vuelos diarios desde Madrid a Panamá (www.iberia.es)
Una curiosa anécdota: Como es conocido por todos, el paso por el canal exige el pago de una cantidad que varía en función del tipo de barco. Se dice que el peaje más bajo en la historia fue el de un aventurero estadounidense, llamado Richard Halliburrton, que lo cruzó nadando en 1928. Pagó 38 céntimos





Un llamativo cartel: No pude dejar de fotografiarme frente a uno de esos carteles que encontramos en las inmediaciones del Centro de Visitantes de Miraflores. Aunque el recinto está vallado y es muy difícil que pueda pasar alguno de estos reptiles, no deja de ser singular encontrar avisos como éste.




Webs: www.visitpanama.com , www.visitcanaldepanama.com/centro-de-visitantes-de-miraflores , www.micanaldepanama.com  , www.pancanal.com
Un gran guía en mi viaje: Creo, sinceramente, que cuando descubres a personas que hacen que tu viaje sea aún más atrayente hay que reconocerlo públicamente. Durante algunos días, Josué Uno, fue la persona que me enseñó rincones, historias, anécdotas y detalles de los lugares a los que me acompañaba. Quiero desde aquí agradecer su paciencia, profesionalidad y conocimientos. Da gusto conocer a personas como Josué.






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