domingo, 4 de noviembre de 2012

Fátima, más que una experiencia viajera



 
            Hacía casi nueve años que no venía a Fátima. Muchos recuerdos se agolpaban en mi mente mientras viajaba, en coche, camino de esta localidad portuguesa. La carretera es buena y apenas me separan poco más de doscientos kilómetros de casa. El trayecto resultó bastante agradable, sobre todo si te gusta, como a mí, conducir. Una sola parada para tomar un café y sigo camino. El limpiaparabrisas de mi coche no ha parado de funcionar durante dos horas. Ya lo dijo la televisión. Un frente lluvioso se acerca por el Atlántico. En esta ocasión, han acertado de pleno.
            Nada más llegar…, el preceptivo check-in en el hotel. Dejo las maletas, me aseo un poco y, rápidamente, emprendo, cámara en mano, mi periplo por la gran explanada. Aunque el tiempo era malo quería aprovechar la poca luz que había. Acababa de cambiarse, la semana anterior, el horario en toda Europa y anochecía bastante pronto. Tuve suerte. Aunque el cielo estaba encapotado, la lluvia nos respetó durante algunas horas.
 
 
            La razón por la que se viaja hasta Fátima, parece obvio, para la mayoría de las personas es la religiosa. Estamos en uno de los grandes centros de peregrinación marianos de la cristiandad y, obviamente, todo gira alrededor de esta circunstancia. Respeto que existan personas que vean en esto una vertiente económica considerándolo como un negocio gracias a los souvenirs, tiendas, restaurantes y hoteles que viven de ello. Es evidente que hay algo de esto. Pero, al menos ésta es mi percepción, y creo no equivocarme, el fervor, la religiosidad y la fe de cuantos se acercan hasta un lugar tan especial está por encima de cualquier otra consideración. Me incluyo entre ellos.
            No hay que olvidar que en estas tierras, a principios del siglo XX, se apareció la Virgen María a tres jóvenes pastorcillos. Desde entonces esta pequeña aldea dejó de ser tal, perdiendo su anonimato, para recibir a millones de personas de todas las partes del globo terráqueo. Un dato, los huéspedes del hotel donde me hospedé eran, en su mayoría, de nacionalidad india y coreana. Francamente curioso. Me explicaron que se trataba de dos peregrinaciones de estos países.
            No pretendo relatar los detalles históricos. Son conocidos por todos. Creo que lo importante es la percepción personal al pisar este lugar.
 
 
            Reconozco que advertí muchos cambios en gran explanada, especialmente por la construcción del Santuario de la Santísima Trinidad. No lo conocía. La entrada la preside, en uno de sus laterales, una colosal cruz visible desde todos los ángulos. Dos esculturas papales (de Juan Pablo II y Pablo VI) custodian, a ambos lados, el acceso principal de este Santuario. Por cierto, ramos de flores y velas encendidas, incluso con este tiempo, acompañan la estatua de Juan Pablo II.
            Pero estos cambios no dejan de ser puramente arquitectónicos. Lo importante es por qué vienen tantas personas hasta aquí. Por qué se acercan a rezar en la capilla de las Apariciones o encienden una vela a la Virgen. Cada uno tiene un motivo. Cada cual tiene una razón. Imposible ponerse en el corazón de cada persona: dar gracias, pedir ayuda, por una promesa, en peregrinación…..
 
 
            Parece claro que, desde el punto de vista turístico, estamos en uno de los grandes reclamos de Portugal. Además, junto a Fátima, separados por pocos kilómetros, descubrimos bellezas como el Monasterio de Alcobaça, la ciudad de Leiria, el Monasterio  de Batalha o la localidad de Tomar.   Unas visitas inexcusables para quienes deseen conocer este país.
            Pero Fátima es algo más que una vertiente turística. Es, sobre todo, una experiencia religiosa, hacia el interior de cada peregrino.   
           Me quedo, pues, de este viaje con la devoción de muchas personas, con el recogimiento y con los anhelos que representan centenares de velas encendidas diariamente.
 
 
Valgan estas fotografías, con independencia del mal tiempo existente cuando se tomaron, para acompañar estas palabras.
 
 

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