martes, 5 de abril de 2011

El fiordo de Oslo congelado


Tras hacer escala en el aeropuerto de Frankfurt, llego, por fin, a la capital noruega. No escondo mis ganas de conocer estas tierras y el deseo, desde hace años, de viajar a Oslo.
La ciudad me recibe con un blanco manto de nieve casi inmaculado. Es natural; las fechas, por marzo, son propicias para las bajas temperaturas y el hielo aún permanecerá, según me comentan, algún tiempo.
Acostumbro a fijarme en pequeños detalles, en curiosidades de los lugares que visito que me llaman poderosamente la atención. Uno de ellos es ver el fiordo de la ciudad congelado y apreciar la belleza, especialmente para los que no estamos acostumbrados a vivir en estas latitudes, de un mar blanco que imagino lleno de veleros, yates y cruceros cuando la primavera esté más avanzada.
Para trasladarnos por el fiordo lo mejor es coger un ferry y conocer algunas de sus islas. Además, si hemos comprado la “Oslo Pass” –la mejor opción- estos trayectos están incluidos. Los turísticos cruceros de una mañana por el fiordo, realizados en románticos veleros, no zarpan mientras el mar se encuentre en estas condiciones. Lógico... A pesar de todo, el encargado de esta empresa me asegura que se sirven algunas comidas a bordo… ¡Claro está, sin zarpar!.  No es ésa desde luego mi intención. He pretendido a lo largo de mis viajes huir de esa vertiente turística y no va a ser ahora cuando desista de esta pretensión.


 En realidad, no es importante este pequeño contratiempo. Lo que ansío es inmortalizar estos instantes, llevármelos para hacerlos inolvidables. Preparo mis objetivos, los limpio.… No quiero que nada se me pase y me aseguro de tener suficiente memoria libre en mis tarjetas para no perderme ni un detalle.


Estoy cerca del Ayuntamiento (ese emblemático lugar donde se entregan anualmente los premios Nobel de la Paz y cuya visita, especialmente a la sala principal, es casi una obligación de quien se acerque a Oslo). Es en el cercano puerto, situado frente a la casa consistorial, donde se cogen los ferrys. Me decido por el que primero sale. No sé bien la dirección, pero eso no es importante. Al fin y al cabo, tengo la oportunidad de estar en medio de estas aguas congeladas y ver ese blanco in situ, mientras oigo el inconfundible resquebrajar del hielo. Parece como si la naturaleza fuera tozuda y el rastro que deja el ferry a su paso va poco a poco desapareciendo para volver a unir ese hielo que se niega a desaparecer.


Las imágenes son únicas. Aunque en el interior hay una agradable calefacción, mis ansias de fotografiarlo todo no son óbice, a pesar del aire, para salir fuera. Es impresionante y, para mí, inaudito. Intento captar todo lo que puedo: la panorámica de los edificios de Oslo mientras me alejo, algún barco que cruza también estas aguas, el castillo de la ciudad, las islas, algún trasatlántico atracado en el muelle contiguo, etc.


Desde luego, es mi día de suerte; de esos que no se repiten asiduamente. Y como final de esta pequeña “aventura” mi estómago empieza a recordarme que es tiempo de comer algo. Nada mejor, a mi vuelta, que alguno de los restaurantes situados en la parte nueva del puerto. Me decido, como no podría ser de otra forma, por un exquisito pescado de la zona acompañado de una buena cerveza. Definitivamente, ha sido una jornada redonda.

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