miércoles, 9 de marzo de 2011

Un café en Lisboa

Es posiblemente la capital extranjera que más conozco. No sabría decir con exactitud las veces que he paseado por sus calles. Hay una especie de matrimonio entre ella y quien les escribe. Parece como si no pudiera vivir sin ella, como si necesitara periódicamente verla. Sentir que no me olvida y que no la olvido. No sé… es una curiosa relación que me niego a abandonar. En el fondo, se trata de un amor imposible.
               
              He escrito y hablado en diferentes medios de comunicación sobre Lisboa en multitud de ocasiones y sobre diferentes facetas: de su historia, de su mar, de su Tajo, de la expansión que sufrió consecuencia de la Exposición universal del 98, de sus parques, de su caótico tráfico, de sus museos, de sus restaurantes, de sus hoteles, de sus inigualables alrededores, de la posibilidad de usar su aeropuerto internacional por parte de los españoles que viven cerca de la frontera, etc., etc.
Sin embargo, hay algo que nunca había mencionado: estamos en una de las capitales del café del mundo. No porque aquí se produzca café, sino porque, sin lugar a dudas, se entiende, y mucho, de esta bebida. No en vano, estamos uno de los países europeos que más café consume por habitante. Por algo será, y créanme que no exagero.
Las posibilidades y formas en que pueden servírtelo son muchas y variadísimas: bica, pingado, espresso, galâo, etc.

           
               Las razones de lo que cuento no me atrevo a afirmarlas con rotundidad. Seguro que entre ellas hay una gran dosis de tradición y de costumbre, pero también influye el innegable hecho de haber tenido Portugal durante siglos colonias en cuyas tierras se cultivan y producen extraordinarios cafés, algunos de ellos entre los mejores y más reconocidos del mundo.
                Por eso resulta una delicia entrar en alguna de sus numerosísimas cafeterías. Eso sí, conviene advertir con antelación que los portugueses no son muy amantes de esa bebida tan española llamada café con leche. Suelen tomarlo solo o ligeramente manchado, para no perder su genuino sabor. No han sido pocas las ocasiones en que, cuando pedía un café con leche, me contestaban con un curioso, y a veces irónico y sarcástico, … “¿un café español?”. Curiosidades  de la vida.…  
Por esta razón, me atrevo a recomendar un itinerario distinto, fuera del típico turístico que todos conocemos. Alejado del clásico monasterio de los Jerónimos, torre de Belem, plaza del Marqués de Pombal, plaza de toros y centro comercial de Campo Pequeno, zona de la Expo y campo de las naciones, la Baixa, castillo de San Jorge, la catedral, etc.. Lo que aconsejaría, para variar,  sería una ruta de cafeterías por el centro de Lisboa.
           El Rocío, plaza del Comercio, la Baixa, Plaza de Libertadores…. son lugares donde las encontraremos extraordinarias, muchas de ellas con una fama que sobrepasa las fronteras del país. Nicola, A Brasileira, Suíça, etc., son nombres que quedan grabados en el mundo del café en esta capital. Locales que, como otros tantos, están abiertos al público que anhele disfrutar de unos momentos inolvidables en marcos incomparables que aún, por suerte, siguen siendo, más allá de su vertiente turística, centro de tertulias, con estancias que guardan entre sus paredes las historias, los chismes y las habladurías de muchos de los que pasaron por allí.


             El café en Portugal es un rito. Hay una especie de solemnidad, de culto. Prepararlo lleva su tiempo. Las prisas no son buenas, y menos aquí.  Se sirve con el vaso de agua como compañía – no hay que pedirlo, algo de agradecer que no siempre ocurre en nuestro país- y en tazas más pequeñas. Este último es uno de los motivos por el que pensamos que los portugueses están siempre en cafeterías y “pastelarias”. Suelen tomar varios cafés al día.
          Son curiosidades que deben tenerse en cuenta; como ver que algunos lo endulzan  con una rama de canela, en vez del consabido azúcar. Aconsejo probarlo con esta novedad. Tiene un sabor diferente, y muy agradable.


                    Es verdad que muchos de estos lugares se han vuelto excesivamente turísticos y que en poco se parecen a lo que fueron antaño, pero su visita merece, desde luego, la pena. Es una forma de descubrir un poco el alma de los portugueses, sus tradiciones, sus gustos y su forma de ver la vida.
             No me queda más que desear que estas palabras ayuden al lector a adentrarse en este curioso “recorrido cafetero”.

1 comentario:

  1. Tomaré un acfe en tu honor en la capital portuguesa cuando vaya, y un pastel de Belem a tu salud.
    Jorge

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